Una noche en la New York de Pueblillo

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Rosa Patricia Quintero Barrera

En la noche del viernes brillan las luces de la Discoteca New York, en Pueblillo, Cauca. Es un negocio de familia, que lleva más de 62 años, cumpliendo su cometido de reunir a los que gustan bailar la buena salsa, cuenta Don Ovidio, el dueño del lugar. Por el momento sólo tres bellas mujeres están en la barra, conversando con él. Dice que ojalá llegue más gente, porque las chicas quieren bailar.

Son unos 10.200 discos de vinilo, coleccionados en dos generaciones, colocados en las estanterías, con el orden que Don Ovidio conoce a la perfección; tanto que la canción que los rumbiadores de la salsa de antes y de siempre, le pidan, él la encuentra y la pone a rodar en el tocadiscos.

New York es una maravilla para los ojos. No se sabe en dónde detener la mirada. Sí en los objetos colgados del techo, en el armario a la vista colmado de trajes y de disfraces, en la enorme caja de zapatos de tacón y de charol, en las máscaras como la del Diablo, en el mobiliario que de tantas historias habrá sido partícipe, en el teléfono de discado, en las luces de colores que se persiguen en el suelo, redondas, intermitentes y sinfín. Parece navidad, parece cualquier época, parece ayer. Es la parranda de música que brota por cada toque de cueros, con esa ancestralidad negra, del África ardiente.

Del techo suspendidos casi que sin gravedad, los objetos recuerdan a los juguetes de la infancia, como el yas y la pelotica de goma, que tantas horas y risas se robó ya hace unos tantos años; las artesanías que hacía la abuela; el calendario Bristol que le servía al abuelo para planear sus cultivos de trigo y café; la crema de la mamá. También están suspendidos los rulos, las bolas de navidad, los zapaticos de bebés, los botones, las campanas, la novela de Arandú, el lapicero azul que tanto escribió.

El sitio llama a los salseros. Llegan en parches de amigos, en parejas de amantes; que beben lo que quieren. Pero, van es a bailar, a azotar baldosa. Como es el suin en Colombia: brinquitos, amacices, soltadas, vuelticas; al puro estilo de bailar en cualquier caseta de barrio de Cali. No se miran los pies; porque la música, el cuerpo y la respiración del otro se siente; se anticipa antes del movimiento, no se piensa, ni se planea; porque se baila, simplemente. La costumbre lleva a que los hombres inviten a bailar a las mujeres, las sacan del privado de la barra, al público de la pista de baile: el que baila rico y lleva bien; el que baila mal y es una mamera, tanto que la canción se vuelve eterna, dice una chica.

Suenan tantas canciones: a caballo vamos pal monte… el guajiro… carretero en el campo vive bien… Cuba, mi patria querida, para ti es mi inspiración… que pone a los bailadores a cantar al unísono, porque les recuerda el hondo sueño de la Latinoamérica del Ché y de Martí. Oh, qué sera, qué sera, que anda suspirando por las alcobas, que se oye susurrando en versos de trova…

Y las cinco horas en New York se pasaron como un suspiro de luces, salsa y son. Quedaron muchas risas e historias compartidas, para regresar al normal y con ganas de volver para detallar con más juicio los objetos y curiosear los discos de Don Ovidio.