La etnografía y la antropología de lo cotidiano de Horacio Calle Restrepo

Rosa Patricia Quintero Barrera

Se puede viajar por todo el mundo sin ver nada, o se puede ir solamente a la tienda de la esquina y describir todo un mundo. Se trata de captar los detalles mínimos de la vida, los que se nos escapan y de los que no pocas veces, inútilmente tratamos de escapar, y ver el universo socio-cultural que solamente a través de ellos existe. La eternidad está en el instante; el todo se esconde en el detalle de lo insignificante. Se trata de aprender a ver, a oír, a mirar, a sentir… a vivir.

Horacio Calle Restrepo estudió antropología y sociología en Colombia y en los Estados Unidos. A sus 37 años optó por desplazarse a Puerto Leguízamo (Putumayo), tras la búsqueda del indígena Huitoto que aparecía en el texto de Melville Herskovits. En sus propias palabras: Yo nací en una cultura muy cerrada, no conocía a Colombia. Empecé a preguntarme por el país que no conocía. Juré que cuando volviera, lo iba a recorrer. Como antropólogo, quería hacer etnología, meterme mínimo un año a una comunidad indígena y aprender.

Horacio Calle fue uno de los antropólogos colombianos que se valió del método etnográfico al modo clásico de Bronislav Malinowski, que consistía en realizar el trabajo de campo durante largo tiempo en las comunidades estudiadas, aprender el idioma de la gente y practicar la observación participante. Me demoré como un año y medio, sí vos estás estudiando inglés hay lección. Pero allá no hay lección, hablan el idioma, pero no lo han teorizado. El huitoto tiene gramática, pero los hablantes no son conscientes de ella, ningún informante te va a decir: “aquí el plural lo construimos así, el pasado así, el presente así”. Viene el problema con los verbos, ellos tienen una forma completamente distinta a la de nosotros para manejar la temporalidad. Yo ya había aprendido mucho vocabulario, pero no podía arrancar, porque no sabía el manejo de los verbos. Empecé a armar frases largas, hasta que descubrí cómo era la vaina. Recuerdo que una noche, dije una frase larga en la maloca. El abuelo me dijo –ya aprendiste-.

La aventura intelectual más linda de toda mi vida fue haber aprendido a hablar el huitoto. A medida que fui aprendiendo, fui haciendo el mejor psicoanálisis del mundo, de lo arbitrario, de lo cultural que era mi percepción del mundo. De cómo sin yo darme cuenta, tenía una visión del mundo externo que estaba condicionada por mi cultura y por mi idioma materno, el castellano. Esa es la teoría de Sapir y Wolf: la visión que se tiene del mundo externo está condicionada por la estructura gramatical del idioma materno. Horacio Calle descubrió que había que repetir lo último que el otro decía, para mantener el hilo de la conversación, para mostrarse y estar atento; sobre todo, cuando le narraban los mitos. Les dedicó doce años de su vida, él pensaba que lo consideraban un huitoto más. En alguna ocasión se perdió en la selva, mató a tres micos, no tenía fósforos, comió mucho casabe y coca; hasta que a los tres días los huitotos lo encontraron y le dijeron “usted ya agarró el espíritu”.

Estudiar a los otros, que sí se consideran como unos –otros-, es porque se admite la diferencia cultural, también implica para el antropólogo instalarse en contextos culturales ajenos y padecer en su propio ser la exclusión y la invisibilidad, gracias a los estereotipos que se tienen y a que el investigador, es el diferente en el grupo humano en que se inserta. Horacio Calle habló de la forma como los Huitotos al principio lo asemejaron con un misionero o con un cauchero, y de los obvios inconvenientes que ese rumor le representó. También de sus dificultades para hablar con las mujeres indígenas. Se detuvo en su propio sentir, en las vicisitudes cotidianas que debió pasar en aspectos muy básicos de su subsistencia:

El choque cultural fue terrible, la gente le pregunta a uno por los tigres, por las culebras, nadie le pregunta a uno: “¿allá cómo se caga? Uno acostumbrado a defecar en un sanitario, limpio, cómodo, en una posición a la que uno ya está acostumbrado, las piernas en noventa grados, a ir a cagar allá en cunclillas, con un mosquerío el berraco, sembrándole a uno la nalga, sin papel higiénico para limpiarse. La gente no le pregunta a uno por esas cuestiones.

Dormir en hamaca, uno tiene que aprender a dormir en una hamaca, una cosa es dormir una noche en una finca, otra cosa es dormir todas las noches allí, el zancudero tan berraco. La falta de privacidad en todo, la gente encima de uno, uno con ganas de decir váyanse a la puta mierda, déjenme en paz. ¡No, ellos tenían que ver qué anotaba uno en la libreta! Mirando todo el tiempo, cuchicheando. Eso de la privacidad era terrible, no había.  

Alude al –choque cultural- porque todo era distinto. El choque pesa mucho, hay que tenerlo en cuenta, a uno le da mucha lidia su propia cultura. En el momento en que conversé con Horacio Calle, ya habían pasado largos años desde su vivencia en la selva, él quería volver, ya no motivado por la antropología, sino por la nostalgia. Insistió en que la convivencia con estas comunidades fue lo más importante en su vida, que de alguna manera –emocionalmente- siempre estuvo allá. Vivir una experiencia no es teorizarla. Uno aprende a tropezones. Por eso no cree en los etnólogos que trabajan una semana.

Lo conocí en el 2001, en la Pontificia Universidad Javeriana, él profesor de planta del Departamento de Antropología, yo catedrática; él un experimentado y reconocido antropólogo, yo una aprendiz que estaba adelantando una investigación para un seminario sobre etnografía en la Maestría de Antropología que cursaba en la Universidad Nacional de Colombia.

Se me ocurrió entrevistarlo, junto a otros dos colegas, con el ánimo de acercarme a lo que a ellos les implicaba el trabajo etnográfico en sus respectivos ámbitos académicos y trayectorias profesionales. Después de unos años, retomo mis notas del diario de campo, que por fortuna aún conservo, porque los audios los perdí en algún cambio de computador o de vivienda. Aquel encuentro, más que entrevista, fue una conversación, en la que tenía unas preguntas anotadas, pero Horacio habló con generosidad de lo que quiso, con su desparpajo habitual, con el sarcasmo que le adornaba, no gustaba de retóricas, siempre hablaba de manera directa. Gustaba de estudiar psicoanálisis y literatura. Se hacía acompañar por Borges, Freud, Miller, Kafka, Marcuse, García-Márquez, Lefebvre, Cooper, Marx.

Nos dejó muchos recuerdos gratos, a quienes lo conocimos, inolvidables anécdotas, como aquella en una clase de Antropología Médica con estudiantes de medicina, en la que fingió un infarto fulminante y los muchachos quedaron atónitos, salieron a buscar ayuda al Hospital Universitario de San Ignacio, porque el profesor se les había muerto en el salón. No fue muy generoso en publicaciones, pero nos dejó su texto sobre la antropología de lo cotidiano, desarrollado en las calles bogotanas, que consta de tres partes (“Hacia una antropología de la vida cotidiana”, “Las biografías” y “La comunicación”). Teoriza sobre el tema y deja claro que su metodología es:

“Dialogar libre y desprevenidamente con la gente común y corriente de mis calles, sin imponer ni rol de investigación, ni temas. Dejar que la charla fuera sacando a flote lo que mis compañeros de diálogo consideraran importante. Diálogos en buses urbanos, en cafeterías, en calles públicas, con loteros, mendigos, doctores, putas, sacerdotes, antropólogos, ejecutivos jóvenes o mensajeros de banco. Al fin y al cabo -pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer- (Borges)” (Calle, 1990, p. 9).

Inmensa gratitud al Profesor Horacio Calle, por los pocos años en que compartimos reuniones, raticos y pasillos entre clases. Por las visiones de una antropología humanizada, cotidiana, literaria. Por las risas y las penas ajenas, cuando hacía sus comentarios insolentes. Por último, resalto la importancia del diario de campo, de no haber tenido mis notas, habría perdido la delicia de recordarlo y de parafrasearlo en este texto sobre lo que él tanto sabía, porque lo había vivido. Los audios se extraviaron, y se cumplió lo que me dijo en el encuentro: “No grabe más, porque ustedes no saben manejar eso”. Nuestra charla fue el 3 de abril de 2002, en el Departamento de Antropología de la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá.

Les quedan dos partes de la trilogía:

La antropología y lo cotidiano – Segunda parte

La antropología y lo cotidiano – Tercera parte


Fuente citada

Calle, Horacio. (1990). “Hacia una antropología de la vida cotidiana”. Boletín de Antropología. Vol. 5 – N°5.  Bogotá: Pontificia Universidad Javeriana.