Lo que dicen los libros de las Bibliotecas

Rosa Patricia Quintero Barrera

¿En qué momento nace verdaderamente un libro? ¿Al ser concebido? ¿Cuando se escribe? ¿Al publicarse? ¿O más bien, sólo hasta el final de su sendero, cuando el lector lo descubre, lo lee y se reconoce en él? Eligio García- Márquez (2018)

Comprobé la obviedad del adagio “llevar leña al monte”, al dejarme acompañar de “El consumo cultural en América Latina”, en la visita a la Biblioteca de la Universidad; porque la colección de libros organizada en las estanterías, me alejó de la intención de repasar la clase de la tarde de Teoría sociológica, de ese lunes; para irme a casa con Kundera, Süskind y García-Márquez.

Los libros tienen su propia identidad, marcada por el autor que tuvo a bien legar a la humanidad sus disertaciones sobre sus maneras de vivir, de interpretar, de narrar; situado en muchos tiempos de coloraciones nacionales y socio-políticas. Cada uno escribe sobre lo que sabe y le inquieta, escribe porque quiere contar algo a otros, a unos eventuales lectores y críticos de su obra. Es un privilegio para autores y lectores coincidir en las Bibliotecas que están dispuestas a recibirlos; así los lectores e investigadores, estén motivados por la obligación de cumplir con el requisito de un ejercicio académico o mejor por el simple gusto de adueñarse del  contenido de un texto. Ese privilegio posibilita que escritor y lector se desplacen -unas veces juntos, otras muy distantes- por los rincones de cada página escrita con letras de tipos peculiares, de texturas de papel de valías de acuerdo a las casas editoriales, de fotografías, de pinturas, de dibujos. La lectura cuidadosa y comprometida, puede llevar un viaje exquisito de amores y odios a personajes y situaciones, a buscar qué sigue en lo narrado después de un punto aparte al final de un capítulo.

El que no lee, vive una vida: la suya. Y está atrapado en sí mismo. Es una enorme pobreza, da pesar. El que lee, vive muchas vidas.

Mario Mendoza

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Cada libro forma parte de un riguroso inventario. En las páginas iniciales tiene la impronta de un sello con los datos sobre su procedencia, sí fue comprado o donado, el valor, el año de adquisición, la signatura topográfica. En el interior de la contraportada, refiere su historial de préstamos y lectores.

La tendencia a estandarizar los vínculos sociales en bases de datos, ha llegado a las Bibliotecas, ya no escriben a mano el nombre de quien se lleva prestado el libro y la fecha de su retorno, para evita pagar una multa y así que sea estudiado por otro usuario. Ahora, los libros cuentan con un dispositivo electrónico que es leído por un artefacto infrarrojo y cargado a la cuenta del usuario de la Universidad. Aún están los vestigios del antiguo método de registro que muestra quiénes y cuándo los solicitaron en préstamo.

Los libros permanecen en los anaqueles como la Bella Durmiente, que espera el beso de amor de su príncipe para dejar su mundo onírico. Se ha ido perdiendo el registro a mano que permite conocer las veces que el libro ha dejado de ser un bello durmiente. Aun así, esos vestigios inscritos en las tarjetas, permitieron saber que Neruda en “Confieso que he vivido” llevaba un año sin salir, que “García Márquez. El viaje a la semilla” de Saldívar, fue adquirido en el 2014, y el 4 de marzo de 2019 salía por primera vez, todavía olía a libro nuevo, era un libro nuevo; que Alejandro Dumas en “Veinte años después” había cumplido veintiún años sin que alguien lo llevase en su morral para perderse en su prosa.


Un libro abierto, es un cerebro que habla; cerrado, un amigo que espera;
olvidado, un alma que perdona; destruido, un corazón que llora.
Proverbio árabe

La idea de ir a la Biblioteca con los estudiantes de la asignatura de “Formación Ciudadana”, pretendía que ellos se maravillaran con la lectura, era suficiente pedirles que se dejaran atrapar por los libros y por sus autores; en particular por uno, de su libre elección y que escribieran a modo de ensayo su experiencia de ese día y su relación lectora con el libro que los había acompañado una semana, hasta nuestro próximo encuentro en el salón de clase. Ese ejercicio, que también era de evaluación, sin pautas muy claras, podía ser irresponsable. Ya que las formas pedagógicas, sugieren que los criterios sean previamente estipulados; sin embargo, una vez más, persiste la confianza en que los muchachos ejerzan su autonomía para inquietarse, sorprenderse y proponer posibilidades de vivir en un mundo más entendible desde la ciencia y las artes bellas.

Cada uno experimentó distinto: los estantes llenos de libros quietos, ofrecidos, seleccionados, expectantes para quien quisiese recorrerlos e interlocutar con ellos. También categorizados arbitrariamente, como “El mundo y sus demonios” de Sagan entre la sección de Administración. Talvez, se sienta cómodo, lo más seguro es que no. Sagan quiso en ese libro, escudriñar en la perversidad de la pseudociencia cuando está al lado de los que quieren adueñarse de los miedos más recónditos y así, ejercer las manipulaciones más insulsas; aunque él mismo plantea que no se trata de una “doctrina para mentecatos”, que hay algo más y que debe ser indagado.

Libros -tantos- que guardan las Bibliotecas, -pocos- que son leídos. Por fortuna, están ahí, esperando al bello príncipe o a la bella princesa para quedarse por siempre en su sentipensamiento.