Relato de la funebria chocoana

Rosa Patricia Quintero Barrera

 

La gente que uno quiere debería morirse con todas sus cosas.

Gabriel García-Márquez

 

Doña Estrella mencionó que cuando en su tierra muere una persona, acostumbran a arreglar la tumba con un aro adornado con una sabana blanca y encima colocan en la pared una mariposa negra y una cruz. Coincide con la descripción que hace Jaime Arocha (1998) del velorio de doña Genara Bonilla en el alto Baudó, a sólo 70 kilómetros de Bagadó, la tierra natal de doña Estrella:

“moños anudados en tela negra que se colocaban en la parte más alta del altar y desde los cuales se desprendían velos blancos que llegaban hasta la tarima para el féretro” (P. 371-372). Esos moños anudados en tela negra o la mariposa representan “dos triángulos isósceles, unidos por el vértice más agudo, que en los altares afrocubanos o afrobrasileños simbolizan el hacha de Changó y, por lo tanto, la presencia del oricha de la religión yoruba” (p. 372).

Colocan el cajón o el cuerpo del difunto en el centro y cirios blancos a ambos lados. Las coronas de flores quedan ubicadas debajo de la tumba o “altar erigido para el muerto” como señala José Fernando Serrano. La cabeza de la persona queda hacia la tumba y los pies apuntando hacia afuera. Pero a la hora de sacarla, al amanecer del último día de la novena, se hace con los pies hacia adentro. Ponen un vaso de agua con una ramita de remedio que puede ser yerbabuena, albahaca, paico o seledonia, cortada de la parte trasera de la casa en donde está la zotea.

— Porque el muerto toma agua, dice doña Estrella.

“No falta en el altar el vaso de agua con una rama de albahaca blanca. El agua debe ser fresca, limpia, destinada a ser aliciente del muerto, si por desgracia se marchó con sed” (Velásquez, 2000, p. 143).

—Canta el que sepa cantar, como don Genaro que en Andágueda sabe cantar alabaos. Aunque, hay gente que no le gusta que canten, dice Doña Estrella.

Pero la mayoría de las veces cantan alabados como “Dios te Salve” durante todas las nueve noches de la novenita y la novena. La novena consiste en nueve noches corridas. Las ocho primeras la gente reza y la última se llama la novenita. Es común amanecer en vigilia. Los anfitriones se esmeran por atender a sus parientes y amigos. Les ofrecen café negro, café con leche, chocolate, aguadepanela, aguardiente, aromáticas, carne u otros alimentos y bebidas que tengan a su disposición. Sin embargo, sí falta algún familiar importante, deciden esperar unos dos o tres días para el entierro. En una situación común, cuentan los nueve días y entierran al difunto. Los sacerdotes católicos a veces acuden al velorio en la novenita y ofician una misa. Por su parte, los asistentes se encargan de rezar las letanías y los Padrenuestros.
Doña Estrella manifiesta que es muy importante acompañar al muerto. Los parientes van anotando en un cuaderno las ayudas económicas que reciben y las depositan en una vasija. Llevar las cuentas es útil para saber cuándo dinero deben, cuánto van a abonar a las deudas y cuánto van a fiar. Algunas personas disponen de un seguro que les cubre el entierro, mientras que las novenas corridas van por cuenta de ellos. Algunos de los asistentes también cooperan en la cocina y en la distribución de bebidas y alimentos. Al amanecer el último día levantan la tumba, con la participación de todos, quienes sin dejar de rezar, ayudan a guardar los objetos y a arreglar la casa.
Finalmente, doña Estrella señala que en la ciudad los “entierros son distintos”. En este sentido, Marta Abello (2004) halló que entre las mujeres del barrio 20 de Julio en Bogotá acostumbran a enviar al Chocó sus ayudas económicas o pagar la “cogida del puesto” cuando fallece algún conocido o familiar, ya que “este es compromiso que se adquiere por lazos de solidaridad y a los que se responde con un aporte en dinero para colaborar con los gastos de velorio y entierro” (p. 73).


Fuentes consultadas

Abello, Marta Elena. (2004). Boraudo: Una cultura afrochocoana en Bogotá. Bogotá. Monografía de grado. Departamento de  Antropología.  Facultad de Ciencias Humanas.  Universidad Nacional de Colombia.

Arocha, Jaime. (1998). “La inclusión de los Afrocolombianos ¿Meta Inalcanzable?”. Santafé de Bogotá. En: Geografía Humana de Colombia.  Los Afrocolombianos.  Tomo IV. Instituto Colombiano de Cultura Hispánica.   Pp. 339-395.

Quintero, Rosa Patricia.  (2005). “En el nombre del Padre, de la Madre, del Hijo y del Espíritu Santo”: dimensión afro de la religiosidad católica bogotana”. Tesis de Maestría. Departamento de Antropología. Facultad de Ciencias Humanas. Universidad Nacional de Colombia. Bogotá.

Serrano, José Fernando.  (1998).  “Hemo de Mori Cantando, porque Llorando Nací. Ritos fúnebres como forma de cimarronaje”.  En: Geografía Humana de Colombia.  Los Afrocolombianos.  Tomo IV. Instituto Colombiano de Cultura Hispánica. Pp. 243-262

Velásquez, Rogerio. (2000) [1935-1959]. Fragmentos de historia, etnografía y narraciones del Pacífico colombiano negro. Bogotá: Instituto Colombiano de Antropología e Historia.