Comunicación humana en la era digital

Rosa Patricia Quintero Barrera

Una pobreza del todo nueva ha caído sobre el hombre, coincidiendo con ese enorme desarrollo de la tecnología. Walter Benjamin

Vivimos en la revolución digital, que igual que la del neolítico y la industrial, representa cambios estructurales para nuestra especie en los vínculos que establecemos con los ecosistemas y con los otros animales. Ingold (1991) señala que “cuando se trata de seres humanos, quienes bajo ninguna circunstancia carecen de cultura, el racionamiento implica que el origen de la cultura debe estar en la mente de los individuos interactuantes” (p. 281). Esos vínculos se establecen mediante la comunicación y sus posibles formas; por supuesto, que las transformaciones socio-económicas que la era digital ha propinado son notables y coyunturales en las maneras de relacionarnos, sea para acercarnos o para distanciarnos. El uso de las herramientas digitales protagoniza el papel que desempeña la escritura, la generación de videos y de audios en la comunicación, algunas de las características que resalto son:

Camuflan a las emociones y enmascaran los propósitos del mensaje. Aunque la posibilidad de escribir o de grabar permite reflexionar, repensar y corregir errores antes de su publicación. Cabe resaltar, que en este tiempo de fluidez e inmediatez pocas personas realizan este ejercicio, y terminan abusando de los mensajes; por ejemplo, en el WhatsApp enviando una idea fragmentada hasta por palabras e interrumpiendo al receptor cada vez que timbra el celular.  

Limitan la riqueza gramatical y semántica del lenguaje; como los 140 caracteres estipulados por Twitter. Aunque esta característica también promueve la capacidad de síntesis de una idea.

Evidencian las deficientes habilidades en el terreno de lo escrito, en particular en cuanto a la precaria ortografía y al dominio de un generoso léxico. El uso de los emoticones, stickers y avatares, tiende a estandarizar las respuestas; en el caso de los avatares unifican identidades, apariencias, formas y edades. Los stickers pueden ridiculizar y sacar de contexto a las personas y a las situaciones. Sin embargo, en algunos casos, estas nuevas formas gráficas representan cercanía o emociones.

El anonimato implícito en estas comunicaciones puede llevar a interacciones caracterizadas por violencias simbólicas y por expulsiones en la participación de grupos y de plataformas. También puede ampliar los nexos entre amigos y conocidos, ya que las personas se van encontrando en las redes por compartir formas de interpretar al mundo.

Con el uso de las herramientas digitales no nos encontramos de manera presencial, ya no vemos caras, ni gestos, ni podemos tomar la mano o abrazar a los amigos; mucho más en el tiempo presente en que nos hallamos en distanciamiento social debido al temible Covid-19 y a las biopolíticas nacionales. No apreciamos los tonos de voz, ni las intencionalidades, ni los manejos corporales de sus emisores. Sobre todo, cuando accedemos a preparar los envíos, sean con imagen o sin ella. En este tiempo de tanta vigilancia y control, la cámara termina apuntándonos directamente a la cara y en la mayoría de casos, los usuarios tendemos a colocarnos ante ella con premeditación y cálculo.

En las clases virtuales en pocas ocasiones los individuos interactuantes -como diría Ingold- encendemos la cámara, terminamos viendo en la pantalla unas bolitas con fotos, avatares o letras que titilan mientras en los audífonos se escucha una voz. A veces (o muchas) una voz desconocida, que no podemos conectar con una persona guardada en la memoria, ni que en un encuentro fortuito en la calle podríamos reconocer, más con la media cara escondida por el tapabocas. Además, estos encuentros a través de los medios digitales irrumpen en la cotidianidad y en la intimidad de los usuarios: el atrás de la cara de quien habla cuando enciende la cámara muestra su vivienda, los sonidos evidencian que otros sujetos forman parte del hábitat.

Otro aspecto importante es el monopolio que ejerce Google como “ecosistema digital, es la puerta de entrada a internet” (Granja, 2020), tanto que ha ameritado una demanda por parte de las compañías que le hacen competencia; no solo se trata de los contenidos, sino de la publicidad involucrada y de sus fines económicos. Este tema genera amplios debates, ya que Google y sus algoritmos nos tiene clasificados en todos los sentidos identitarios y de consumo.  Se ha convertido en el ojo que todo lo ve y en el sabio que todo lo responde: si algo no está en Google, no existe. Por supuesto que es una ventaja disponer de muchísima información, es aquí en donde queda la capacidad de selección y de lectura crítica del usuario. Este aspecto es uno que debe formar parte de las estrategias del desarrollo ético y de los criterios de evaluación de las clases: cómo los estudiantes utilizan la información, cómo la relacionan y cómo presentan las fuentes bibliográficas.

“Facebook o Google ya disfrutan de una concentración de poder disparatada. No deberíamos acrecentarla aún más. Estas empresas son como estados petroleros, dependientes de un recurso único y nocivo, en este caso de sus ingresos publicitarios, y por ende de la atención de los usuarios, de los clics y del tiempo de permanencia en la plataforma. Necesitan otro modelo de negocio. Sé que es complicado”.

Jaron Lanier

No olvidemos que el acceso a las tecnologías en referencia, se relaciona directamente con el hecho de contar con adecuadas conexiones a internet y con los equipos tecnológicos que soporten el uso. En cuanto a este aspecto, las posibilidades de accederlos no son iguales; se condiciona por los lugares en donde habitan las personas y por las características socio-económicas que permiten acceder a los bienes y servicios.

Este tema, sin duda, amerita un mejor análisis, no es sencillo calificar entre lo positivo y lo negativo acerca de los cambios de las comunicaciones en la era digital, ya que cualquier situación inconveniente puede superarse y proporcionar un bien común en el caso de que las personas involucradas estén interesadas en ello. Faltaría insistir en la regulación de estas herramientas, no solo en cuanto a la selección y citación de las fuentes, sino también en la incentivación de los protocolos sociales inherentes a su uso. Como en el caso de los correos electrónicos y de los mensajes por WhatsApp, debemos entender que existen horarios de envíos y maneras de tratar a las personas de acuerdo a las posiciones sociales que ocupan, no es igual escribirle a través de emoticones a un compañero que al profesor o al jefe. Las interacciones humanas presenciales nutren nuestra mente y espíritu, podemos dejar a un lado a la tecnología mientras compartimos la mesa con nuestros seres queridos como señala el contraste de la primera caricatura de los “Cartones de Garzón”.

Bibliografía

Benjamin, Walter. (2020). Fragmento de “Iluminaciones”. Periódico “El Espectador”, 27 de septiembre.

Cartones de Garzón. (2015-2018). Publicadas en el Periódico “El Espectador”, 19 de agosto.

Granja, Simón. (2020). Demanda a Google, un intento por frenar a los gigantes tecnológicos. Periódico “El Tiempo”, 25 de octubre.

Ingold, Tim. (1991). Evolución y vida social. México: Editorial Grijalbo.

Jaron Lanier: “Esta mierda nos corrompe a todos”. WLSemanal. Disponible en: https://www.xlsemanal.com/conocer/tecnologia/20181129/jaron-lanier-declaraciones-pulpo-abandono-redes-sociales-facebook.html?fbclid=IwAR1D1RTnJm9dLbQiyTXGfKZHbVkEMNNWZJvH1kSu6TiUWV0tctxdEw7vqt8