“El perfume – Historia de un asesino” de Patrick Süskind: Desprecio por los humanos (Parte III)


Repugnancia de Grenouille por el olor humano

La nariz prodigiosa de Grenouille que había olfateado e identificado a miles de personas se sintió extasiada con una fragancia incomprensible, que era una unidad entre lo ligero y lo liviano, y le hizo palpitar el corazón. Él sabía que esa fragancia era -la clave del ordenamiento de todas las demás- y se dispuso a encontrarla. Justo la halló en la muchacha de la Rue des Marais que limpiaba ciruelas amarillas. No podía creer que una fragancia tan exquisita emanara de un cuerpo humano. El olor de ella, le hizo pensar que «se trataba del principio supremo, del modelo según el cual debía clasificar todos los demás. Era la belleza pura» (Süskind, 1993, p. 39).

Grenouille ya conocía que el olor de los humanos era repugnante e insulso: a veces a orina, a sudor, a excremento, a grasa rancia, a pescado podrido. Sabía que ese olor, mezclado con los más sutiles aromas de cada aura individual, lo compartían todos los humanos.

Al carecer él mismo de ese olor, logró imitar el aroma humano con los siguientes ingredientes: excrementos de gato, gotas de vinagre, sal fina, queso que empezaba a pudrirse, sustancia que olía a pescado podrido, huevo podrido, amoníaco, nuez moscada, cuerno pulverizado, corteza de tocino chamuscada y algalia. La mezcla de esos ingredientes le sirvió como la base del perfume que diluyó en alcohol. La dejó reposar y luego le adicionó “una capa de esencias frescas de menta, espliego, terpentina, limón, eucalipto, a las que agregó unas gotas de esencias florales como geranio, rosa, azahar y jazmín para hacer el aroma aún más agradable” (Süskind, 1993, p. 133). Echándose sus perfumes en la ropa, en las axilas, entre los dedos de los pies, en el sexo, pecho, cuello, orejas y cabello, Grenouille, podía socializar con la gente como uno más, sin que se le quitaran del lado o quisieran asesinarlo.

Su vida acompañada por la tragedia del abandono, junto con su exquisita nariz y su necesidad de convertirse en el perfumista más extraordinario de todos los tiempos, lo condujo a innovar en métodos insospechados para lograr la fragancia perfecta que obtuvo de la técnica del enfleurage en frío aplicado a las veinticinco jóvenes que asesinó.

Al fin Grenouille fue capturado. Los oficiales encargados hallaron los trajes y las cabelleras de las mujeres, ante esas evidencias, él no tenía ninguna salvación. Para su tortura y muerte en Grasse montaron todo un espectáculo en el Día de la Independencia -como decidieron llamarlo- la liberación del asesino más cruel y pérfido que hubieran conocido. Armaron una gran fiesta provista de ventas ambulantes de alimentos y bebidas, alquilaron lugares para observar con deleite la ejecución del perfumista, se vistieron con sus mejores trajes. Grenouille que no temía a la muerte, no le temía a nada, no diferenciaba entre las categorías morales del común de las personas, se sentía sin ninguna culpa, solo pensaba que había hecho lo debido. Se rocío con una gota de su gran descubrimiento, que cambió los sentimientos de odio y de repugnancia que tenían los lugareños y curiosos, entre quienes se encontraban los familiares de las jóvenes ya marchitas, por sentimientos de admiración y de respeto; además, lo vieron como al ser más perfecto, atractivo y hermoso, al punto que terminaron postrados de amor a los pies de Grenouille.

«La consecuencia fue que la inminente ejecución de uno de los criminales más aborrecibles de su época se transformó en la mayor bacanal conocida en el mundo después del siglo segundo antes de la era cristiana: mujeres recatadas se rasgaban la blusa, descubrían sus pechos con gritos histéricos y se revolcaban por el suelo con las faldas arremangadas. Los hombres iban dando tropiezos, con los ojos desvariados, por el campo de carne ofrecida lascivamente, se sacaban de los pantalones con dedos temblorosos los miembros rígidos como una helada invisible, caían, gimiendo, en cualquier parte y copulaban en las posiciones y con las parejas más inverosímiles, anciano con doncella, jornalero con esposa de abogado, aprendiz con monja, jesuita con masona, todos revueltos y tal como venían. El aire estaba lleno del olor dulzón del sudor voluptuoso y resonaba con los gritos, gruñidos y gemidos de diez mil animales humanos. Era infernal» (Süskind, 1993, p. 209).

Aquella bacanal erótica le produjo a Grenouille más desprecio por los humanos, si bien había triunfado al crear un aura propia más deslumbrante y más efectiva que la poseída por cualquier otro hombre que había logrado que los demás lo amaran, él no podía corresponder, les aborrecía. Pensó en eliminarlos del planeta, él podía hacerlo ya que tenía el frasco con su hechizante perfume: si con una gota había generado tal acontecimiento orgiástico qué podría ocurrir sí utilizase todo su contenido, con seguridad que podría adueñarse del mundo entero, arrodillar a los reyes y ser el nuevo mesías:

«Podía hacer todo esto cuando quisiera; poseía el poder requerido para ello. Lo tenía en la mano. Un poder mayor que el poder del dinero o el poder del terror o el poder de la muerte; el insuperable poder de inspirar amor en los seres humanos. Sólo una cosa no estaba al alcance de este poder: hacer que él pudiera olerse a sí mismo. Y aunque gracias a su perfume era capaz de aparecer como un Dios ante el mundo… si él mismo no se podía oler y, por lo tanto, nunca sabía quién era, le importaban un bledo el mundo, él mismo y su perfume» (Süskind, 1993, Pp. 219-220).

Lo acaecido fue demasiado para él, de nuevo tomó camino hacia el Cimetiére des Innocents, muy cerca de la calle en donde había nacido y finalizó su periplo. En medio del hedor del cementerio cuyo olor condensaba a ochocientos años de la acumulación de los cadáveres del Hotel-Dieu y de las parroquias cercanas, se echó el contenido del frasco. Su fragancia atrajo a las veinte o treinta personas que estaban allí, entre ladrones, asesinos, apuñaladores, prostitutas, desertores y jóvenes forajidos que se convirtieron en caníbales, no dejaron nada de Grenouille:

«Aparte de una ligera pesadez en el estómago, tenían el ánimo tranquilo. En sus almas tenebrosas se insinuó de repente una alegría muy agradable. Y en sus rostros brillaba un resplandor de felicidad suave y virginal. Tal vez por esto no se decidían a levantar la vista y mirarse mutuamente a los ojos. Cuando por fin se atrevieron, con disimulo al principio y después con total franqueza, tuvieron que sonreír. Estaban extraordinariamente orgullosos. Por primera vez habían hecho algo por amor» (Süskind, 1993, Pp. 222-223).

Bibliografía

Süskind, Patrick. (1993). [1985]. “El perfume. Historia de un asesino”. Barcelona: Narrativa actual.