Rosa Patricia Quintero Barrera   El dubal era testigo y guardián de la vida de los Traoré. Bajo […]

Rosa Patricia Quintero Barrera

A la novela María de Jorge Isaacs se le considera como una de las más importantes en la literatura colombiana y latinoamericana del siglo XIX, y una de las mejor logradas del romanticismo en lengua castellana. Efraín, el protagonista de la historia,  cuenta en primera persona la ilusión de su amor por María, y cómo este sentimiento se va transformando en nostalgia. La narración se desenvuelve a los pocos años después de haber ocurrido los hechos en la hacienda El Paraíso en el Valle del Cauca durante la primera mitad del siglo XIX. Este amor no logra consumarse debido a los viajes que debe emprender Efraín, por orden de su padre, con el objetivo de estudiar y por la epilepsia que lleva a su amada a la tumba.

Es importante considerar que desde 1821 estaba vigente el Decreto de la Libertad de Vientres en la Nueva Granada, el cual promulgaba que los hijos nacidos de esclavizadas a partir de ese año quedarían libres. El resto de esclavizados continuaron en esa condición por treinta años más, hasta 1851, cuando la esclavitud fue abolida bajo el gobierno de José Hilario López. Isaacs escribió María entre 1864 y 1866, pero el relato corresponde a una época anterior a 1851. Por tal razón, en la trama aparecen esclavizados y manumisos quienes ya habían comprado su propia libertad, algunos desde 1690 (Arocha, 2004).

Así, el personaje de la esclavizada Feliciana adquiere valor significativo en este escrito. Feliciana obtuvo el acta de libertad directamente de manos de María; por ello, su hijo Juan Ángel ya era libre aunque se desempeñaba como paje y ayudante en la casa de los patrones. Feliciana fue capturada en África con el nombre de Nay. Para contar esta parte, Isaacs, hace una historia intercalada entre la historia principal de Efraín y María, que le sirve para darle un matiz histórico y testimonial a la novela. De esta manera, el autor aborda el tráfico de esclavos que tenía su origen en las guerras entre distintos pueblos africanos, cuyos prisioneros cuando no eran degollados se vendían a los traficantes. Isaacs narra a través de fuentes de tradición oral, los amores de Nay y Sinar pertenecientes al grupo étnico de los Hachims, en el país de Gambia.  Feliciana es un personaje que permite ilustrar a través de la literatura colombiana del siglo XIX, el último período de la Trata en la Nueva Granada (Arocha, 2004).

Por su parte, Eustaquio Palacios publicó “El Alférez real” en 1886, en pleno auge de las novelas históricas. Al Alférez se le considera como de las más destacadas dentro de este género, debido a la precisión del detalle y al rigor documental que contiene. Describe los hechos ocurridos en la ciudad de Cali (Valle) y en sus inmediaciones durante los últimos años del siglo XVIII, entre 1789 y 1792, a partir de una investigación exhaustiva del autor en archivos de notarias y registros parroquiales. Al igual que María, es una historia romántica entre Daniel, secretario y amanuense del alférez real don Manuel Caicedo Tenorio, en la hacienda Cañas Gordas e Inés, una joven mujer, de origen noble, huérfana y que estaba a cargo del alférez. El amor entre estos dos jóvenes es imposible, debido a que el testamento del padre de Inés ordenaba que ella debiera casarse con un hombre de su misma condición económica y social.

 

Rosa Patricia Quintero Barrera

Walter Joe Broderick, de origen holandés, formó parte del grupo de los sacerdotes del Golconda. Luego abandonó la carrera clerical para dedicarse, al paso de algunos años a la escritura del género conocido como biografía a profundidad. Este autor, al igual que Camilo Torres, Domingo Laín, José Antonio Jiménez, Manuel Pérez, René García y Carmelo García, entre otros; adoptó actitudes críticas frente al papel de la Iglesia en el mejoramiento de la calidad de vida de las poblaciones marginadas en el mundo.  Broderick terminó dedicado a las artes de la escritura biográfica e histórica, al respecto en una entrevista que concedió a la periodista Margarita Vidal (2005) dijo:

Hice una investigación minuciosa y prolija; numerosas entrevistas con personas que no tenían, ninguno, el personaje completo pero sí un poco de él [refiriéndose a Manuel Pérez]. Muchos nunca supieron que habían cometido infidencias sin querer, porque tenían un pedazo de la moneda que, al juntarla con la otra, me permitían sacar conclusiones. Es un trabajo de seducción para que la gente sienta confianza y cuente historias.

El resto de sacerdotes fueron radicales con sus ideas e inquietudes, las cuales los condujeron a tomar las filas del grupo guerrillero colombiano del Ejército de Liberación Nacional (ELN). La década mencionada fue un momento coyuntural para la iglesia católica, de ellos resalto: el Concilio Vaticano II (1962-1965), el final del papado de Pío XII y el inicio del papado de Juan XXIII y el auge del marxismo. En suma estos aspectos influyeron notablemente en la formación clerical de algunos religiosos, quienes preocupados por evangelizar de una manera “encarnada”, como lo expresa la Biblia, se vieron colmados de dudas y limitaciones con los enfoques teológicos que les ofrecía en ese momento la Iglesia. Así, para algunos aspirantes a la vida religiosa, el poderío económico y político del Vaticano constituía un despropósito en el acercamiento a la gente pobre.  Igualmente criticaban la oficialización tradicional  de la misa, al considerar que el ritual desarrollado de ese modo contribuía a incrementar la distancia entre la feligresía y los jerarcas de la Iglesia.

En consecuencia, las jornadas de estudio dedicadas a las pruebas matemáticas de la existencia de Dios contenidas en la Summa theologica  de Santo Tomás, los dejaban del todo insatisfechos.   Mientras que las lecturas del Manifiesto de Marx les crearon nuevos interrogantes acerca de sistemas filosóficos distintos al católico.  Sus profesores acusaban a Hegel, Kant y Spinoza de herejes. Manuel Pérez, José Antonio Jiménez y Domingo Laín tuvieron ocasión de complementar esta visión sesgada con el trabajo pastoral que realizaron en barrios de Zaragoza (España), el cual les permitió conocer a muchachos de la Juventud Obrera Católica, quienes buscaban “llevar la ética cristiana a los sectores más alejados de la Iglesia. Así, los jóvenes seminaristas “veían que la Iglesia se había convertido  en un baluarte de la burguesía; no tenía nada que decir a las grandes mayorías en una sociedad poscristiana” (Broederick, 2000, p. 35).